Eran tres pequeños habitaquos, una especie de rata blanca y con una extraña coleta de colores vivos y chillones que le nacía en la parte baja de la cabeza. La primera vez que las vi, no tenía ni idea de que eran aquellos pequeños monstruos. Me asusté. Luego empecé a tener confianza en ellas y ellas, a su vez, en mí. Y nos hicimos íntimas. Comían de mi mano, dormíamos juntas, me miraban cuando me probaba ropa, les compraba caprichitos con lo poco que me quedaba del sueldo.
Al principio no dije nada a nadie, pero un día se me ocurrió comentárselo a Nadia, que se lo dijo a Juan, que a su vez se lo cascó a Pedro, éste a Nacho, Nacho a Fran, Fran a Caye, Caye a Pepe, Pepe a Marcos, Marcos a Lucia, Lucia a Jimena, Belén, Gema y Pepe, Jimena a todos los niños de su cole, Gema a Cris y Arancha, Pepe en su curro a treinta personas, Belén a su madre y al vecino del 5º, éste a Carolina, su mujer, la madre de Belén a las vecinas del portal, a sus compañeras del gimnasio y al frutero, el frutero a Caqui, Caqui a Carmen, Carmen a Patricia, Patricia a Bea y Marieta, Marieta a Julián y Julián a cincuenta personas más.
El caso es que se fue extendiendo el rumor y un buen día llegaron los de sanidad y se llevaron a mis tres amigos, tres habitaquos preciosos, pues decían que era una especie en extinción.
Les echo muchísimo de menos. De vez en cuando les escribo una postal contándoles mis cosas. Confío en que algún alma caritativa del centro de investigación se las lea. Les gustaba mucho que les leyera.
amigos compañeros el habitaquo Habitaquo habitaquosCompártelo!