El Sr Habitaquo era pequeño y peludo, casi nunca hablaba, era muy callado y le gustaba observar. Se pasaba las mañanas mirando a los compañeros, calladito en su mesa, situada al fondo de la oficina bancaria. Era receloso de su intimidad, y a pesar de conocerlo desde hace quince años no podría contar nada de él. No sabia donde vivía, ni si era religioso, ni si le gustaba leer, ni si estaba casado o tenía hijos. Por eso me sorprendió tanto verle en la tele. Estaba en casa descansando, haciendo zapping una tarde aburrida y lo vi. Al principio no me lo podía creer, pero sí, era él. Con sus gafas, su nariz larga, su rostro peludo y su cuerpo menudo y pequeño. No había duda. Era él. El Sr. Habitaquo en persona, y en un programa de la tele de esos de ir a contar tu historia. Pero, ¿qué tendría que contar? Si nunca le pasaba nada, el se limitaba a observar.

Me quedé ensimismada escuchando todo lo que contaba. Y es que le pasaba de todo, ayudaba en ONGs, viajaba un montón, era un genio de las matemáticas… y yo sin saberlo. Y es que no es bueno prejuzgar a alguien sin conocerlo. Desde ese día no lo hago. Hay muchos Sr y Sra. Habitaquo por el mundo.