Eso ponía el cartel.
Habitaquos libres. Luego más abajo, en letra infinitamente más pequeña se daba un número de teléfono y un nombre. 678543218 Pepe.
Llamé. Necesitaba ese Habitaquo como fuera, no podía pasarme más días de aquí para allá, molestando a Ramón, a María, a los padres de Luisa.
Pepe tenía una voz ronca y acento sevillano, o de algún otro lugar del sur. Me día las señas y me citó para verlo a las cinco.
Fui para allá ilusionada ante la idea de poder alquilar un Habitaquo libre, solo para mí. Uff, lo que más deseaba.
Cuando lo vi, me sentí fatal. Ultrajada, engañada como una tonta. La habitación, bastante sucia por cierto, estaba plagada de hamacas. Allí dormían mientras yo miraba el que sería mi nuevo Habitaquo, tres rumanos, un portugués, un marroquí, dos francesas, y alguno más que se me escapó a la vista.
Y es que ahora, con los problemas de vivienda que hay, ya se le llama Habitaquo a cualquier cosa. Hasta las hamacas de toda la vida son Habitaquos.
Gente como Pepe se está forrando.